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    <title>Sur24</title>
    <subtitle>Todo el sur, todo el día, todos los días.</subtitle>
    <updated>2026-03-18T16:15:30+00:00</updated>
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            Supersticiones que marcan al martes 13 como día de &quot;mala suerte&quot;
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                <![CDATA[Redacción Sur24]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ty0VLHQyM82rAkXugGjac_UMS7U=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2026/01/martes_13.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>La creencia popular toma forma en expresiones como «En martes 13, ni te cases, ni te embarques, ni de tu casa te apartes», un refrán que resume la precaución social frente a la mala fortuna. Estas supersticiones populares operan como normas informales: aconsejan evitar decisiones importantes y, en muchos hogares, modificar planes por temor a un mal presagio.</p><p>El vínculo entre el día y la mala fama también aparece en relatos históricos y mitológicos que alimentan las creencias contemporáneas. Marte, identificado con el conflicto, refuerza la idea de riesgo; el número 13 aporta otra capa simbólica ligada a traición y desastre en tradiciones religiosas y esotéricas.</p>Costumbres y rituales asociados<p>Como resultado, la superstición no solo es verbal: itinerarios, reservas y contratos se reprograman por la creencia en la mala suerte, y en algunos ambientes comerciales y sociales el martes 13 adquiere un peso práctico que refleja la persistencia de estas creencias.</p><p>Los más supersticiosos recomiendan posponer firmas de contratos y otros trámites.</p><p>Las prácticas asociadas a la creencia incluyen evitar casarse o embarcarse y tener precaución al tomar decisiones importantes; el refranero popular recoge estas recomendaciones y las convierte en guía social. En varios países de habla hispana esas costumbres aparecen en chistes, en consejos familiares y en la vida cotidiana, donde la superstición influye en conductas concretas.</p>Origen histórico<p>Además, en la tradición popular se mezclan rituales menores: desde cruzar los dedos hasta posponer trámites, actos que reflejan la intención de impedir la mala suerte. Esas prácticas no tienen base científica y funcionan como formas de prevención cultural frente a lo incierto.</p><p>En la esfera pública, la fobia social ante el martes 13 tiene manifestaciones institucionales: se evita la fila 13 en aviones y edificios porque se asume que los pasajeros rechazarían esa numeración, un efecto económico y administrativo derivado de la creencia.</p>Curiosidades y datos insólitos<p>El nombre del día proviene del latín dies Martis y la asociación con Marte —planeta y deidad de la guerra— le confirió antiguamente un tono bélico y ominoso. En la Edad Media Marte fue llamado «el pequeño maléfico» y se le vinculó con destrucción y violencia, lo que reforzó la idea de un martes adverso.</p><p>El número 13 aporta otra capa: en la tradición cristiana la Última Cena reunió a trece comensales y desde entonces el 13 cargó con connotaciones negativas; además, relatos como la supuesta caída de la Torre de Babel en martes 13 o la caída de Constantinopla el martes 29 de mayo de 1453 se integraron al repertorio histórico que explica la fama del día.</p>Diferencias con el viernes 13<p>Por comparación cultural, la mala suerte del martes 13 en el mundo hispano es análoga al viernes 13 en las culturas anglosajonas y al viernes 17 en Italia, lo que muestra que el temor se reasigna según códigos locales; asimismo, existe el término trezidavomartiofobia que nombra la fobia específica al martes 13.</p><p>En paralelo, algunas personas atribuyen buena suerte al número y lo eligen para apuestas, lo que evidencia que las creencias sobre el martes 13 no son unívocas sino parte de un repertorio simbólico en el que coexisten miedo y oportunidad.</p><p>Existe el término trezidavomartiofobia, que nombra la fobia específica al martes 13.</p><p>Hoy, la consecuencia humana más visible es práctica: agendas y planes se ajustan por la creencia, las reservas se postergan y ciertas numeraciones se evitan en el transporte y la arquitectura, lo que convierte una superstición en un efecto social tangible.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ty0VLHQyM82rAkXugGjac_UMS7U=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2026/01/martes_13.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Supersticiones sobre el martes 13 persisten en España y en gran parte de América hispana y explican por qué muchas personas atribuyen mala suerte a esa fecha. La asociación combina la figura de Marte, el planeta y dios de la guerra, con la mala fama histórica del número 13, y se transmite en refranes, costumbres y advertencias cotidianas.]]>
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                                <category term="nacionales" label="Nacionales" />
                <updated>2026-03-18T16:15:30+00:00</updated>
                <published>2026-01-13T19:46:14+00:00</published>
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            Los Reyes Magos y su paso por un camino rural de Santa Fe
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                <![CDATA[Redacción Sur24]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/a3Vt4bsJzePlfs_CJi1aLFI_Ip8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2026/01/reyes_magos.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>(Por Juan Carlos Haberkon) - La narrativa de los Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, se arraiga en los relatos bíblicos que describen cómo tres sabios de Oriente fueron guiados por una estrella hasta Belén para rendir adoración al niño Jesús.</p><p>En aquella ocasión, los obsequios ofrecidos al recién nacido fueron oro, incienso y mirra, simbolizando realeza, divinidad y humanidad, respectivamente. Con el transcurso de los siglos, esta escena se ha consolidado como una de las tradiciones más profundamente enraizadas del cristianismo popular. Cada 6 de enero, la llegada de los Reyes para dejar regalos a los niños representa la universalidad del mensaje cristiano y la unión de distintas razas y continentes ante la figura del Mesías.</p><p>La popularización de esta tradición se acentuó particularmente a partir del siglo XIX, con el inicio de las cabalgatas y celebraciones públicas. No obstante, más allá de las luminarias y los desfiles de las ciudades, en los pueblos y en el campo argentino, la llegada de los Reyes Magos conserva un matiz distinto, más íntimo y profundo. Es en esos escenarios rurales, donde el silencio de la noche se mezcla con el canto de los grillos y el cielo parece más cercano, que la espera de los Reyes se vive con una intensidad difícil de describir.</p>La espera en el corazón rural<p>En este contexto aparece Carlitos, un niño de la época moderna, cuya infancia transcurrió en el corazón rural de Colonia Bossi. Criado en medio del campo junto a su familia, su vida estaba marcada por el trabajo, el esfuerzo y una humildad que, si bien no conocía de lujos, sí se cimentaba en valores firmes.</p><p>Carlitos y sus hermanitos debían recorrer a pie unos 300 metros para salir de la propiedad familiar y alcanzar un camino rural de mayor importancia. Esta distancia, que para un adulto sería insignificante, para ellos se convertía en una travesía cargada de ilusiones, especialmente cada 5 de enero por la noche.</p>La preparación de la bienvenida<p>La escena se repetía año tras año. Al caer el sol y la noche del 5 de enero envolver el campo, Carlitos, con apenas seis años, asumía la responsabilidad de preparar la bienvenida para los Reyes. Sabía que por ese camino rural, en la madrugada del 6, pasarían Melchor, Gaspar y Baltasar. No había lugar para dudas ni desconfianza: los Reyes existían y llegarían, como siempre. Buscaba un tarro y lo llenaba con agua limpia y fresca, pensando en el extenso viaje que traían los camellos.</p><p>Luego, cortaba el pasto necesario, guiado por su propio criterio infantil, convencido de la importancia de que los animales se alimentaran adecuadamente en cada parada. No era un gesto realizado de memoria, sino una tarea ejecutada con el amor y la dedicación que solo los niños pueden poner en las cosas trascendentales.</p><p>Con la ayuda de su mamá, Carlitos redactaba la cartita. En ella se plasmaba un pedido concreto, sencillo y honesto, acorde a las posibilidades de una familia humilde y trabajadora. No se solicitaban grandes lujos, sino aquello que el corazón de un niño deseaba con vehemencia. Con la tarea cumplida, la caminata de regreso a la casa se hacía lenta, como si el tiempo se estirara para prolongar la dulzura de la espera.</p>El amanecer del 6 de enero<p>El amanecer del 6 de enero traía consigo la confirmación del milagro. La familia volvía a recorrer esos mismos 300 metros hasta el camino. Al llegar, el tarro estaba vacío, el pasto ya no estaba, y como detalle mágico, aparecían las marcas en la tierra: las inequívocas pisadas de los camellos. Era la señal de que los Reyes habían cumplido su promesa durante la noche. Unos metros más adelante, en el lugar predilecto, se encontraba el regalo, exactamente el que Carlitos había solicitado en su cartita.</p><p>La alegría del niño conmovía a todos los presentes. No era solo un obsequio; era la certeza de que la ilusión había valido la pena. La inocencia de Carlitos, sostenida por el acompañamiento silencioso y amoroso de toda una familia, había logrado materializar su sueño. En esa sencilla escena se resumía todo: el amor, la fe y el esfuerzo compartido.</p><p></p>El anhelo de ver a Melchor, Gaspar y Baltasar<p>Lejos de conformarse con esa felicidad, Carlitos decidió redoblar la apuesta. Con la seguridad que solo confiere la infancia, le pidió a su mamá que, para la siguiente visita de los Reyes Magos, se quedaría toda la noche en el camino. Su deseo era saludarlos, verlos de cerca, observar cómo los camellos se alimentaban del pasto que él había preparado con tanto esmero la noche anterior.</p><p>Este anhelo trascendía la mera curiosidad; era la necesidad de confirmar con los propios ojos aquello que el corazón ya intuía. Un «ver para creer», que también implicaba «creer para ver». El sueño de Carlitos simbolizaba la esencia misma de la tradición: la confianza absoluta en lo mágico, en lo bueno, en aquello que no requiere explicaciones racionales. Quizás nunca logró permanecer toda la noche despierto, o quizás el cansancio lo venció antes de tiempo. Poco importa el desenlace exacto. Lo que quedó grabado para siempre fue ese momento único, ese recuerdo imborrable de una infancia marcada por la ilusión y el amor familiar. Una historia pequeña, simple, pero de una fuerza inmensurable.</p>La esencia perdurable de una tradición<p>En definitiva, la historia de los Reyes Magos no reside únicamente en los libros ni en las multitudinarias cabalgatas. Vive en cada Carlitos que, en algún rincón del país, continúa dejando agua y pasto con la esperanza intacta. Vive en las familias que, incluso en la humildad, sostienen la ilusión. Y vive en esos recuerdos que, con el paso de los años, se transforman en relatos que no son propiedad de uno solo, sino patrimonio compartido de todos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/a3Vt4bsJzePlfs_CJi1aLFI_Ip8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2026/01/reyes_magos.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En Colonia Bossi, un niño de seis años del interior santafesino transformó la tradicional espera de los Reyes Magos en una profunda lección de inocencia y fe. Su conmovedora historia, arraigada en el amor familiar y la vida rural, ofrece un relato atemporal sobre el verdadero sentido de la celebración en el campo argentino.]]>
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                <updated>2026-03-18T16:15:30+00:00</updated>
                <published>2026-01-05T17:10:29+00:00</published>
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            Un hueco por donde se escapa el mundo
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                <![CDATA[Redacción Sur24]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Dhn1R2fsFlKOYfJJO7gtE7R39rs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2024/07/madres.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Bárbara Korol</p><p>La tarde estaba fría pero el resplandor del sol me dio ánimos para poner las manos en el barro. Aún faltaba mucho para terminar la casa y mi maternidad había frenado bastante la construcción. El esqueleto de madera, el techo y los pisos, habían sido responsabilidad de mi marido y completar la estructura con diferentes técnicas que fuimos adoptando para levantar las paredes, se convirtió en mi tarea cotidiana. Descubrí que estar en contacto con la tierra era muy terapéutico y mientras sostenía entre los dedos la mezcla pastosa reflexionaba sobre vivencias pasadas y heridas que no terminaban de cerrar. Cada tanto, me asomaba a la habitación contigua donde mi hija de casi dos años miraba dibujitos sentada en un diminuto sillón rojo, regalo de su abuela.</p><p>&nbsp;</p><p>Sonreí al notarla tan linda con sus mejillas encendidas y con el saco de lana multicolor, concentrada en la pantalla. A su lado, la cachorra, que habíamos rescatado durante el verano, dormía, y ella la acariciaba dejando caer el brazo casi con distracción. A través de la puerta abierta se filtraba el sosiego del bosque, y el misterio que emanaba del balanceo de la fronda al ritmo de la brisa me hacía evocar los relatos de la infancia hilados por la enunciación expresiva de mi padre en las siestas del litoral. El revoque progresaba, y una vaga satisfacción me arañaba la cara. Por un descuido al aplicarlo, una porción del amasijo de polvo, arcilla y arena se desprendió de la superficie y rebotó contra mi frente. Unas partículas, trabadas en las pestañas, me obligaron a dejar momentáneamente la labor y buscar agua limpia para lavarme. Al trasponer la puerta, divisé que el comedor estaba vacío.</p><p>La televisión continuaba con su bochinche animado, pero mi chiquita no estaba. El corazón se me aceleró al instante. Registré los demás ambientes y la inesperada soledad me dejó desorientada. Pasé las palmas sucias sobre el pantalón y salí al patio. Cierta inquietud se arremolinó en mi garganta. Recorrí los alrededores de la vivienda, llamándola, buscándola con la mirada. El silencio comenzó a exasperarme. Elevé la voz para que ella pudiera ubicarme, si estaba distante. Me dirigí a los límites del terreno, anduve por los senderos, sin hallarla. Mi mente estaba abarrotada de pensamientos contradictorios, de reclamos, de deseos de distinguir su silueta detrás de una mata de rosa mosqueta o de pañil. Corrí hacia las propiedades vecinas consciente de que no estaban habitadas y que mi niña podría estar en peligro. Sentía un vacío ardiendo en mi interior, un hueco que evacuaba todo el sentido de mi existencia.</p><p>&nbsp;</p><p>Comencé a llorar. Un temblor recorrió mi cuerpo y una turbia sequedad me invadió la boca. Juntas solíamos pasear por esos espacios hermosos donde los cipreses majestuosos amparaban nuestro mutuo afecto por las plantas y las aves. Ella conocía esos lugares, le gustaban, los entendía como parte de su mundo. Aceleré mis pasos y revisé todos los sitios posibles en los que podría haberse metido. Sin embargo, no había rastros de sus pies minúsculos. Extraviada entre árboles y pavores murmuré su nombre mil veces para traerla nuevamente hacia mí. Rogué que estuviera bien, que nada malo le hubiera ocurrido. Retorné extenuada y confundida. Un líquido tibio resbaló por mis piernas en tanto distinguía que la claridad se estaba esfumando y comenzaba a pensar en llamar a la policía. Hacía una hora y media que mi hija había desaparecido y el terror me zumbaba en los oídos la proximidad de la noche.</p><p>Grité. Grité con todas mis fuerzas. Me dolían los ojos hinchados de lágrimas y consternación. Un motor bajando por el camino, aumentó mi agitación. Me dirigí apremiada a la tranquera donde la camioneta de mi marido se asomaba ajena a mi desesperación. Hice señas para que se detuviera y él de inmediato percibió mi nerviosismo. Le explique como pude lo sucedido. Dejó el vehículo entre la calle y la entrada, y fue a revisar las zonas aledañas, invirtiendo el recorrido que ya había realizado. Alcancé a decirle que la perrita debía estar con la nena porque tampoco la había vuelto a ver. Los minutos transcurrían indiferentes a mi urgencia. La oscuridad iba ganando la intemperie. Regresé a la casa para tomar el celular. Era necesario pedir ayuda. A pesar del viento gélido, la transpiración se adhería a mi ropa, sumando incomodidad a mi angustia. Pensé que el pecho me iba a estallar de miedo y de incertidumbre. Y en ese momento la vi llegar, prendida a su padre. La cachorra los seguía moviendo la cola.</p><p>Nunca había experimentado una sensación de pánico tan fuerte y al abandonarme la tensión, el cansancio aletargó los músculos rígidos y la culpa masticándose mis uñas. El alivio colmó mi alma de dulzuras y, conmocionada, me lancé a su encuentro. La apreté contra mí calmando los rugidos de la sangre. Percibí que el resquicio se cerraba, que la grieta por donde se escurría mi esencia en medio de la turbación se saturaba, con ese amor tan natural que estremecía las simientes, y desbordaba en besos y caricias. Agradecí al cielo su respiración suave contra mi cuello, sus labios al insinuar la palabra "mamá" bien despacito, la ternura pegándose a mi piel con inocencia. Le pedí quedamente que nunca más se alejara, y la abracé apaciguada y feliz. La luna tenuemente alumbró la opacidad del aire, pregonando las audacias del invierno. Lentamente, la calma restauró la calidez doméstica, los familiares hábitos nocturnos, la armonía de los leños al nutrir el fuego. Mi chiquita me observaba preparar la cena. Y eso era como un sueño o un milagro.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Dhn1R2fsFlKOYfJJO7gtE7R39rs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2024/07/madres.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Bárbara KorolLa tarde estaba fría pero el resplandor del sol me dio ánimos para poner las manos en el barro. Aún faltaba mucho para terminar la casa y...]]>
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                <updated>2024-07-26T02:29:45+00:00</updated>
                <published>2024-07-26T02:28:54+00:00</published>
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            La vigencia de Fontanarrosa, el observador incisivo que hizo humor con lo cotidiano
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/DQ8lFpkDHdO1817tn0JYZW1PNC8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2023/11/fontanarrosa.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Juan Ignacio Novak</p><p>Planeta reeditó este mes el libro “Una lección de vida” y otros cuentos, del “inefable” (no es fácil hallar un adjetivo más adecuado para caracterizarlo) Roberto “Negro” Fontanarrosa. En el cuento que da título al volumen, que tuvo su primera edición en 1999, el autor arremete contra los prejuicios, las convenciones respecto al amor y el matrimonio y los roles presuntamente asignados al varón y a la mujer. “A las mujeres les pudrió el bocho el ‘Para Tí’”, dice la primera línea del cuento. Luego, con esa labia tan características que el creador de Inodoro Pereyra sabe plasmar en el papel, deriva hacia diversas reflexiones para terminar de un modo sorprendente, que obliga al lector a repensar toda la imagen que había construido en su cabeza respecto a los personajes.</p>Planeta<p>Pero en el libro, el noveno integrado por cuentos que publicara en vida Fontanarrosa, incluye además “El verde con los botones forrados”, “Toros en Rosario”, “Consejos de un padre”, “Cuestión de principios” y “Relato de un utilero”. Por las características propias del autor (un agudo observador del mundo tan dotado en tal iniciativa como los mejores exponentes del naturalismo literario) su mirada está atravesada por el humor y la sátira. De hecho, sus cuentos por lo general están construidos en torno a las ironías, contradicciones y absurdos que tiñen la vida cotidiana. Un ejemplo de esto es “Un cambio en la vida del Flaco Ariel”, centrado en un personaje “ideal para un laburo de oficina con lugar fijo, horarios fijos y preocupaciones fijas” que, producto de los descalabros económicos cíclicos de Argentina, se ve obligado a utilizar la plata de la indemnización para poner un remís, algo por completo ajeno a su idiosincracia.</p>Archivo<p>Las malas palabras</p><p>Al humor (que está presente aún cuando sale del terreno que más domina, es decir las calles de Rosario y viaja en el espacio y en el tiempo hasta el siglo XIX, como en “Comandante Andino: un objetivo inexplicable) se suma como elemento otro elemento muy característico: el lenguaje coloquial, cercano que contribuye a la identificación del lector. De hecho las “malas palabras”, esas mismas que defendió con sutileza y altura en el Congreso de la Lengua de 2004, aparecen como un insumo central para la construcción de sus relatos y la caracterización de sus criaturas. Sin embargo, elude la mera pose o el exceso. Esas “palabrotas” están incluidas para terminar de otorgar al relato la profundidad que requiere o el anclaje necesario.</p>Télam<p>Los personajes gestados por el Negro son tan representativos de arquetipos sociales argentinos (o incluso, rioplatenses) como entrañables. La sabiduría del autor consiste en tomar un rasgo y potenciarlo para generar el humor. En “Cuestión de principios”, lo logra particularmente en la descripción de los contendientes que sintetizan las fuerzas en pugna. De un lado, está el viejo Castilla, apegado a la tradición y chapado a la antigua, con varias décadas de trabajo en una empresa. Del otro lado, Silva, el joven profesional arrogante que viene a cambiarlo todo dentro de la empresa. Sin embargo, es la facilidad de Fontanarrosa para captar detalles deliciosos de la idiosincrasia argentina lo que aporta un marco a sus cuentos difícilmente observado en otros autores.</p>Gentileza Sólo Líderes<p>El fútbol, presente</p><p>En este libro que decidió reeditar Planeta, no faltan los cuentos consagrados al fútbol, una pasión que el “Negro” confesó muchas veces a lo largo de su vida. Tanto en “Relato de un utilero” como en “Entre las cañas” y “Algo le dice Falero a Saliadarré”, combina su capacidad para observar aquello que es evidentemente cómico, pero también de una desarmante profundidad emocional. Lo cual permite, como los grandes escritores de la historia, partir de lo particular (la pasión futbolística argentina) y reflexionar sobre temas universales.</p>Archivo / DyN<p>Esa universalidad, el humor atemporal, el estilo ameno, los diálogos creíbles y las descripciones sagaces indican que reencontrarse con los textos de Fontanarrosa todavía es estimulante y hasta necesario, a más de 15 años de su partida.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/DQ8lFpkDHdO1817tn0JYZW1PNC8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2023/11/fontanarrosa.webp" class="type:primaryImage" /></figure>“Una lección de vida y otros cuentos” pone otra vez de manifiesto la aguda mirada sobre la sociedad argentina que poseía el escritor rosarino. Releer sus textos permite revalorizar su manejo del humor, del lenguaje coloquial y la capacidad para construir personajes memorables.]]>
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                <updated>2026-03-18T16:15:30+00:00</updated>
                <published>2023-11-28T13:21:43+00:00</published>
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            Diez relatos calmos que emocionan profundo con “El río como testigo”
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                <![CDATA[Redacción Sur24]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/CKnpG06YqnJlW29uAtjVD-hd6aw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2022/04/tito-cavalieri-ideal.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p id="caption-attachment-86102" class="wp-caption-text">Alberto Cavalieri, autor de “El río como testigo”.</p>
<p>Sorprendió desde el vamos Alberto “Tito” Cavalieri cuando irrumpió en escena en un rubro que no es el suyo: la literatura y, más precisamente, el relato. En eso consiste su libro de reciente aparición, “El río como testigo”, donde se suceden 10 relatos de las épocas de la infancia y adolescencia en su correntina Goya natal, a la vera del río Paraná, aunque su prosa toma distancia de precisiones geográficas. Así, se universaliza y facilita la identificación de los lectores con esas historias.</p>
<p>“Hay dos elementos omnipresentes en la obra: el río y mi padre. Vivíamos a una cuadra del río y todo estuvo siempre vinculado a él, incluyendo la pesca que practicábamos con mi padre. Esa inmensa masa de agua en movimiento es inspiradora y generadora de emociones. Y ese río fue testigo de estas historias que cuento en el libro. También mi padre era una figura central y muy fuerte en mi casa, todo giraba en torno a él”, recuerda.</p>
<p>“No me siento un escritor, no tengo esa vocación ni creo que vaya a insistir en la especialidad”, aclara Tito, aunque acepta calzarse los atavíos de narrador o comentarista, que durante décadas ensayó con suficiencia en sus críticas cinematográficas radiales.</p>
<p>En cierto modo, “El río como testigo” es hijo de la pandemia, ratificando que hasta los mayores desastres dejan aristas positivas, que las hubo entre tantas pérdidas, como “el mayor tiempo para pensar”, señala quien fuera uno de los referentes del grupo Tiempo de Cine y los premios Platea. Y amplía: “Soy muy nostálgico y por esos días de la pandemia afloraron muchos recuerdos y me dieron ganas de llevarlos al papel, de puño y letra, sin ninguna palabra escrita de antemano”.</p>
<p>También admitió el narrador que la búsqueda era “ver qué salía en ese primer relato que estaba dando vueltas en mi cabeza” y acota que “ni siquiera imaginaba la posibilidad de que esos escritos trascendieran; en el mejor de los casos, si salían bien se los mostraría a mis familiares y amigos”, confesó.</p>
<p>Con cierto pesimismo a cuestas, Tito se lanzó igualmente a la escritura del primer relato, que es también el número uno del libro, “Se lo tragó el río”. Y en su entorno más cercano despertó emociones fuertes. Luego fue el turno del director teatral Oscar Barotto, quien también se conmovió con la sensibilidad, la hondura y los climas de ese relato que llega al apogeo con el duelo sangriento de Tigre y Tarzán y ese desenlace inesperado que en unas pocas líneas despierta en la mente infinitas imágenes. Y así siguieron otro y otro hasta llegar a la decena de relatos.</p>
 
Contra la corriente
<p id="caption-attachment-86104" class="wp-caption-text">Tito Cavalieri, junto a Cristina Rosolio y Rafael Sevilla, durante la presentación del libro en el Ideal.</p>
<p>Más adelante entraron en escena otros personajes, pero no de la saga ribereña, sino de estas llanuras, como Cristina Rosolio -luego la correctora- y Marcelo Sevilla -luego el editor y autor del prólogo-, que remaron contra la corriente para convencer a Cavalieri de que esos textos autobiográficos merecían un destino de libro.</p>
<p>Mientras tanto, Tito enviaba los relatos a José Gauto, un periodista, escritor y crítico de arte de la ciudad de Goya, quien después de leerlos lo invitó a dar el salto, como también lo hizo otro hombre de las letras locales, Hugo Vázquez.</p>
<p>“Impulsado por mi familia y por estas entrañables personas que conocen tanto de literatura, me animé y tomé la decisión de publicar”, simplificó, destacando que las ilustraciones de tapa e interior pertenecen a su hija, la artista plástica Natalia Cavalieri.</p>
<p>“En ningún momento se precisa que los hechos ocurrieron en Goya, pero se puede deducir que es una ciudad ribereña, y en uno solo de los relatos se hace referencia al río Paraná. La intención fue que sea universal y que el lector lo sienta así”, puntualiza el autor de la obra que se puede adquirir en TyP Libros.</p>
<p>“Son relatos basados en hechos reales que viví y otros que me contaron, con algunos toques de ficción. Y están contados conmigo siempre ahí, como protagonista o como testigo. Me resultó más sencillo y, a la vez, emotivo, ubicarme en ese rol para la narración”, revela Tito Cavalieri, quien encabezó la presentación de ‘El río como testigo’ el 18 de abril en el Teatro Ideal, en un encuentro cálido y entretenido, con lectura de relatos, ambientación musical de Proyecto Sauzal y palabras alusivas de Cristina Rosolio y Rafael Sevilla.</p>

También en teatro 
<p>Sin buscarlo, lo cierto es que Tito maridó algunos de sus textos con la representación teatral. Es que se sintió más cómodo, en la escritura, imaginarse sobre un escenario contando una historia. Y él mismo descubrió que en tres de los relatos esa teatralización era, al menos, una vía a explorar. Así fue que lo tentó a Raúl “Moli” Paulinovich, quien no dudó en aceptar el desafío de la actuación. Y el siguiente paso se consumó con el sí rotundo de Oscar Barotto para la dirección teatral, que ya conocía los escritos y se sumó con una sonrisa ancha como el Paraná, coincidiendo los tres en que la producción artística se reforzaría con la incorporación de músicos en escena.</p>
<p>“Ya se está ensayando para estrenar el 20, 21 y 22 de mayo en el Teatro Ideal, sobre la base de tres relatos: Se lo tragó el río; El perfume; y Carnaval, y más allá, la inundación”, especificó Cavalieri, recordando que “la obra se llama Golpes y abrazos, que en principio iba a ser el nombre del libro, que mutó a ‘El río como testigo’ por sugerencia de Marcelo Sevilla”, responsable de Ají Ediciones.</p>
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<p>“Si bien cada infancia se parece a otra, cada uno la vive de manera distinta; lo difícil es relatar lo propio como indefectiblemente universal y comunicarlo literariamente como si fuera universal. Como sucede en la prosa de Alberto Cavalieri” (Fragmento de las palabras preliminares de José Erasmo Gauto)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>“El hombre sedentario se permite un recreo engañoso con el tiempo y comienza a nombrar esas penumbras, las narra, las escribe después; y las ofrece para una con-memoración (…) El paisaje aquel, el ambiente aquel, onírico o reinventado, ahora acontece, vuelve a acontecer. Aun con estos fragmentos sueltos, inestables, que se muestran como si fueran un todo” (Fragmento del prólogo de Marcelo Sevilla)</p>
<p>&nbsp;</p>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/CKnpG06YqnJlW29uAtjVD-hd6aw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2022/04/tito-cavalieri-ideal.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Alberto Cavalieri, autor de “El río como testigo”.Sorprendió desde el vamos Alberto “Tito” Cavalieri cuando irrumpió en escena en un rubro que no es e...]]>
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                <updated>2022-04-28T14:16:16+00:00</updated>
                <published>2022-04-28T13:10:00+00:00</published>
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            “El Eternizador”, un espacio para la lectura y la reflexión
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XJ1sQXNd2GRKChPXZ_pDp8NvevA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2021/05/WhatsApp-Image-2021-05-12-at-3.00.50-PM.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El taller de lectura “El Eternizador” surgió a principios del año 2014, como una necesidad de hacer de la lectura un acto grupal, un hecho compartido, un encuentro de ideas que se articulan y se ponen en movimiento. “A leer, que no se acaba el mundo”, es una invitación a la calma, una vuelta a aquellos días en que podíamos sentarnos a disfrutar de la buena lectura y sentir que ese tiempo era un privilegio y una recompensa.</p>
<p>Lo que se propone en este espacio es la lectura de relatos (uno o dos por semana, según la ocasión) para dar lugar a la reflexión y al nutrido debate que ofrecen algunas obras de la más alta calidad. Es un modo de (re)descubrir la literatura desde otra perspectiva, y de la mano de grandes maestros y maestras de la narrativa breve de todo el mundo: Hemingway, Faulkner, Cortázar, Borges, Bioy Casares, Saer, Heker, Castillo, Schweblin, Berlin, Ocampo, Carpentier, Munro, Calvino y Poniatowska, entre otros.</p>
<p>“Nuestra única y gran ambición es que la lectura forme parte de nuestra vida cotidiana y hacer de ella una herramienta que sirva para hacer brotar el pensamiento crítico y reflexivo”, expresó la coordinadora del espacio Laura Dolagaray.</p>
<p>Para los que conviven con los libros y la lectura, este será el lugar adecuado para compartir experiencias, sensaciones, percepciones e ideas. Para los que no logran destinar tiempo a la lectura, acá encontrarán el espacio propicio para comenzar a hacerlo; la misión es leer unas pocas (pero contundentes) páginas por semana.</p>
<p>Siempre es un buen momento para leer. Y “El Eternizador” nos sugiere eso, nos da la idea de una plataforma de lanzamiento, un disparador de ideas universales, atemporales y sin restricciones ni límites, porque precisamente así es como percibimos a la literatura y así es como queremos proyectarla.</p>
<p>El Eternizador ofrece dos alternativas de encuentros virtuales o presenciales los miércoles a las 19 por Zoom o los viernes en la Biblioteca Popular Florentino Ameghino (Juan B. Justo 42) a las 20. La inscripción está abierta todo el año, porque como cada encuentro es único, se puede empezar en cualquier momento.</p>
<p>Para inscribirte o hacer consultas podés escribirnos a eleternizador@gmail.com, pasar por la Biblio o visitar el perfil de Instagram: El eternizador Taller de lectura.</p>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XJ1sQXNd2GRKChPXZ_pDp8NvevA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2021/05/WhatsApp-Image-2021-05-12-at-3.00.50-PM.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El taller de lectura “El Eternizador” surgió a principios del año 2014, como una necesidad de hacer de la lectura un acto grupal, un hecho compartido,...]]>
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                <updated>2021-05-12T16:25:34+00:00</updated>
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