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    <title>Sur24</title>
    <subtitle>Todo el sur, todo el día, todos los días.</subtitle>
    <updated>2026-09-26T00:36:03+00:00</updated>
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            Tío Cipriano
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                <![CDATA[Rogelio Alaniz]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/SrNyWiRaxMCvDJrBVcobc0e5FtQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/tio_cipriano.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Se llamaba Cipriano y era la oveja negra de la familia. Le gustaba la noche, el café con los amigos, tocar la guitarra y, por supuesto, el tango. Era más porteño que el obelisco. Vivía en un cuarto en la planta alta de la casa de mis abuelos. Allí se pasaba horas tocando la guitarra, escribiendo y leyendo novelas.</p><p>Muchas veces acompañé a mi tío al café. Estaba sobre la avenida Lord Strangford y allí el caballero se encontraba en su ambiente. La imagen que recuerdo es la de un hombre respetado y considerado. Yo era un adolescente y me resignaba a mirar y a escuchar en silencio.</p><p>Nadie me prestaba atención, pero aquellos hombres, aquellas voces, esas mesas de billar, esas cartas y eso dados sobre un paño verde, no los olvido. Nunca me lo dijo, pero sé que estaba secretamente orgulloso de que lo acompañara al café. Mi madre renegaba, pero finalmente se resignaba. El tío imponía sus reglas. Tácitas, reglas que las dictaba con una mirada, un gesto, a lo sumo una frase.</p><p>Estaba convencido de que debía aprender a su lado escuchando, mirando y respetando. Regresábamos a casa caminando. Casi no hablábamos. Y no le gustaba que le dijera "tío". Creo que debo de haber sido el único sobrino que quería. Y una de las pocas personas que quiso en su vida. Pero nunca un beso, nunca un mimo, nunca una palabra cariñosa.</p><p>Cerca de los cincuenta años entró a trabajar en el diario La Prensa. Genio y figura. Un conservador liberal y antiperonista como él no podía trabajar en otro lado. En esos años dejó la casa de mis abuelos, se despidió del barrio y se trasladó a un piringundín de Avenida de Mayo.</p><p>Era austero y pobre, pero jamás le oí una queja. "Los conservadores no podemos permitirnos la licencia de quejarnos; dejemos esa debilidad para la izquierda".</p><p>De mis apuntes y de los papeles que heredé intenté escribir algo que no es un relato, no es un ensayo, no es una novela, mucho menos un poema, aunque, bien pensado, puede ser un poco de todo eso. Imagino los rezongos del tío: "Pero, sobrino, si no es un poema, un relato, un ensayo, una novela,... ¿qué carajo es?". No lo sé. Tal vez no sea nada. Tal vez sea un poco de algo.</p><p>***</p><p>"Nos despedimos en una esquina, sobrino. Amanecía, lloviznaba y la ciudad parecía uno de los lugares más sucios de la tierra. Me fui a dormir y me despertaron después del mediodía. El que me dijo que se había suicidado fue don Martín, el dueño del cabaret. Tomó las pastillas necesarias como para matar una tropilla de caballos salvajes.</p><p>Ella siempre se jactó de la eficacia de sus decisiones. El velorio fue breve. Al otro día en el hotel me dijeron que ella había dejado una carta dirigida a mí. Esa nochecita pasé a buscarla y la guardé en el bolsillo del saco.</p><p>Salí de casa y cuando llegué a la esquina de la avenida, saqué el encendedor, le prendí fuego a la carta y esperé a que se quemara. Después tomé un taxi y le dije que me llevara al Club porque había una mesa de póker que me estaba esperando.</p><p>(...) En los temas del amor, sobrino, las mujeres siempre saben algo más que nosotros. A veces son detalles, a veces son cuestiones de fondo, pero saben más. Por lo tanto, es hora que sepas que el verdadero talento de una mujer no reside en las mentiras que dice, sino en las verdades que calla.</p><p>Los policías. sobrino, son siempre un dolor de cabeza. Si son corruptos son jodidos y si son rectos suelen ser más jodidos aún. En definitiva, es muy dificil relacionarse con ellos y es mucho más difícil no tener ninguna relación con ellos.</p><p>Al City lo allanaron muchas veces, pero el operativo que más recuerdo fue el de aquella noche de verano en que entraron antes del segundo show y a los matones les sacaron las pistolas, a los estafadores las chequeras, a los cafisos las billeteras y a las putas los lápices de labios.</p><p>Durante dos días seguidos, sobrino, estuvimos jugando al póker sin parar. Cuando se terminaron los cigarrillos, fumamos los puchos que estaban aplastados en el cenicero; cuando se terminó la ginebra, el dueño de casa fue al baño y regresó con un frasco de perfume que lo tomamos mezclado con agua y unos terrones de azúcar.</p><p>Entonces éramos invulnerables e inmortales. Podíamos prescindir de la comida y del sueño. También de las mujeres. No le tengas miedo a la muerte, sobrino. Trae mala suerte. Tampoco ames demasiado a la vida. Aprendé, eso sí, a quererte a vos mismo.</p><p>Lo necesario y lo justo. Tampoco aquí te pases de rosca. No es la noche o el alcohol o las minas los que liquidan a los hombres; lo que los liquida en serio es que en algún momento, vaya uno a saber por qué motivos, dejaron de quererse.</p><p>En la noche si hay que pelear se pelea. Un hombre pelea siempre y no le interesa saber si gana o pierde. No sé si una mujer te va a querer porque peleás, pero sí estoy seguro es que ni no sabés pelear nunca te va tener respeto. Y una mujer, sobrino, a un tipo que no respeta, tampoco lo quiere.</p><p>Delante de la mujer de la que alguna vez te hablé, me agarré a trompadas una sola vez. Nos sacudimos de lo lindo, pero el que terminó en el suelo dormido fui yo. Y algunos días después fue ella la que me dijo que nunca estuvo más enamorada de mí como esa noche en la que uno más pegador que yo me dio la biaba.</p><p>Sobrino, era carnaval, en un tiempo en que la palabra carnaval era sinónimo de alegría y placer. Pero ese año yo estaba escondido en una casa de campo y no podía ni en broma caminar por la ciudad. Estaba solo, abandonado como un perro. Y tomaba agua y comía pan con sardina.</p><p>Desde la ventana miraba la noche, el cielo salpicado de estrellas y allá, al final del horizonte, me parecía distinguir las luces de la ciudad, y me parecía escuchar la música y verla a ella en brazos del hombre responsable de que yo estuviera perseguido y amenazado de muerte".</p><p>***</p><p>Tío Cipriano. No sé si fue el mejor tío del mundo, pero muchos pagarían lo que no tienen por tener un tío como el mío. Solterón empedernido. Murió solo y anónimo, condición de la que siempre se honró. Tomaba café y fumaba cigarrillos negros sin filtro. En el cabaret prefería un vaso de whisky o una ginebra. Nunca lo vi borracho, pero más de una vez me habló de sus viejas borracheras.</p><p>En el ambiente del hampa lo respetaban y las mujeres lo querían. Soy más preciso: las putas lo querían. Sus pasiones reales eran el tango, la literatura y el naipe. Sus escritores locales preferidos eran Roberto Arlt, Jorge Luis Borges y Ezequiel Martínez Estrada. No le gustaba la poesía -eso me dijo una vez- pero en su cuarto vi a César Vallejo.</p><p>Fue la primera persona que me habló de la novela "negra" norteamericana, en un tiempo en el que todos preferían la novela inglesa con enigmas y cuartos cerrados. Me avisaron tarde de su muerte y no lo pude acompañar al cementerio. Lo despidieron sus viejos amigos, tan anacrónicos y leales como él.</p><p>Pidió que lo cremaran y que sus cenizas las desparramasen en la puerta del viejo café de su barrio, café que, casualmente, hacía unos cuantos años que tenía sus puertas cerradas. Pero él insistió que quería que sus cenizas las tiren allí, sobre el pavimento, cerca del cordón y más cerca de la esquina.</p><p>De herencia dejó poco y nada: la guitarra, unos discos viejos de Carlos Gardel; de su pequeña biblioteca a mí me tocó en el reparto "Viaje al fin de la noche" y "Las palmeras salvajes".</p><p>También un mazo de cartas de póker, un cubilete de dados, servilletas viejas de tela de un hotel que no existe, pañuelos manchados de rouge o de sangre (nunca pude saberlo), borradores de cuentos escritos con una vieja máquina de escribir, fotos de mujeres de la noche, fotos de mujeres fumando, fotos de mujeres brindando con él.</p><p>De todo aquello que cuento han pasado una ponchada de años. Mi tío no está en ninguna parte porque él se preocupó de desaparecer dejando apenas unas huellas que solo quienes lo conocimos podemos distinguir. Alguna vez mi primo habló de visitarlo en el cementerio.</p><p>Pobre mi primo. No le di muchos detalles, simplemente le recordé que el tío no estaba en la Chacarita y que alguna vez, cuando la huesuda lo merodeaba, me dijo: "Buscame en cualquier parte, sobrino, menos en el cementerio o en alguna iglesia… nunca me gustaron esos lugares y, además, creo que hice méritos para no merecerlos".</p><p>No sé si el primo entendió lo que le dije. Por mi parte, yo me dediqué a buscarlo por los lugares que él había aconsejado. Y más de una vez, a cierta hora de la noche, en cierto cabaret, un rato antes o un rato después del show, cuando ya los músicos están guardando los instrumentos en las fundas,…</p><p>Y el cantor conversa con una chica que se parece mucho al tango con el que se despidió del escenario, y los muchachos beben en la barra, y las putas se preparan para salir con el último cliente de la noche, tuve la certeza, la sentí en el cuerpo, que él merodeaba en el ambiente con su traje gris cruzado, su peinado a la gomina, su funyi requintado y el cigarrillo prendido.</p><p>Una sola vez vino a Santa Fe. Había una carrera de caballos importante en el hipódromo y él llegó con dos amigos que se parecían a él como, en realidad, se parecían a él todas las personas que lo acompañaban. Un cuidador de caballos que ya no está era su contacto en la ciudad. Se habían conocido en Buenos Aires y de vez en cuando se hablaban por teléfono para pasarse datos o apuestas.</p><p>Esa noche hubo un asado en el stud que él atendía. El tío me llevó y pude conocer una ciudad de Santa Fe para mí ignorada. Al otro día lo acompañé al hipódromo y esa misma noche nos despedimos con un abrazo.</p><p>Me enteré después que demoraron casi una semana en llegar a Buenos Aires porque fueron parando en las diversas ciudades y pueblos de la ruta donde siempre había amigos que los estaban esperando. Fue la primera y última vez que vino a Santa Fe y la última vez que lo vi.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/SrNyWiRaxMCvDJrBVcobc0e5FtQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/tio_cipriano.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Un retrato entrañable sobre la figura de Cipriano, un personaje porteño marcado por el tango, las mesas de café, los naipes y las noches en la gran ciudad.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-09-26T00:36:03+00:00</updated>
                <published>2026-09-26T00:35:58+00:00</published>
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