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    <title>Sur24</title>
    <subtitle>Todo el sur, todo el día, todos los días.</subtitle>
    <updated>2025-01-01T23:41:24+00:00</updated>
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            Aquel fin de año de 1983 en Managua
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                <![CDATA[Rogelio Alaniz]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/DZUKjEaxf5IRDgQNJ8iO_zKo6Kc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2025/01/managua.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>I<p>Fue a Raúl el que se le ocurrió la idea de celebrar el año nuevo todos juntos. "Todos juntos", implicaba en la Nicaragua de 1983 la reunión de los exiliados argentinos, uruguayos, chilenos y brasileños. Allí había una rara mezcolanza de militantes del PRT, Tupamaros, MIR chileno y PT brasileño. Unas cuarenta o cincuenta personas, entre mujeres y hombres. A la barra se sumaban tipos como yo que no pertenecía a esas organizaciones, pero había viajado desde la Argentina a Nicaragua para conocer o vivir la revolución desde cerca, la célebre revolución sandinista. Yo hacía un año que vivía en Managua y ya sabía que no habría ni nueva sociedad ni nuevo hombre, que el poder sandinista a los dos años de tomar el poder ya era incorregiblemente corrupto. Mi amigo Raúl era otro de los decepcionados. Uruguayo de Montevideo, me decía que después de conocer la revolución sandinista y la "ética" de algunos guerrilleros, regresaría a Uruguay con la bandera roja en la mano, pero no la bandera roja del comunismo, sino la bandera roja del partido Colorado. Lo decía en joda, pero Raúl era de los tipos que las pocas verdades que se les ocurrían las decía como si fuera un chiste.</p>II<p>A Raúl lo conocí la segunda noche que llegué a Managua. Fue en el boliche "La Yerba Buena", el local en el que todas las noches nos reuníamos a cantar y a tomar ron; el local atendido por la señora Hebe y su hija, de la cual nos hicimos muy amigos, y me temo que más amigos de lo que aconsejaba la prudencia, pero ese episodio lo dejo para más adelante. Con Raúl congeniamos de entrada, porque el ron suele provocar afectos que se forjan como definitivos cuando a la madrugada, a la hora en la que ya no queda nadie en el bar, o los que quedan apenas pueden mantenerse en pie, uno de los dos pregunta: "¿Dónde seguimos tomando?" Cuando esto ocurre, cuando este pacto de seguir tomando y cagándonos de risa de las cosas serias de la revolución, se cumple, tengan la plena seguridad de que la amistad está garantizada. Raúl y yo, éramos uno de los tantos decepcionados con la revolución sandinista, yo en particular la juzgaba como una versión criolla, corrupta y pobre del peronismo argentino. "Tanto putear contra el peronismo en la Argentina, para venir a zamparme voluntariamente en una olla populista más indigente y más tramposa". Mientras tanto, seguíamos asistiendo a las sesiones etílicas de "La Yerba Buena", disfrutando de las peñas revolucionarias con canciones de izquierda, y siempre atentos a ganarnos alguna mina porque, como le gustaba decir a Raúl, "en esta vida, donde nos ha tocado padecer de los rigores del dulce caviar del exilio, no todo ha de ser rigor y sufrimiento".</p><p>&nbsp;</p>III<p>Volvamos al asado de fin de año. Raúl habló con algunas amigas; yo hablé con el hijo de un argentino que tenía una carnicería en Managua y conocía el corte de carne que a nosotros nos gusta. Nos reuniríamos en la casa de Elena y Jorge, dos argentinos integrados a las milicias sandinistas que vivían en una casona en las afueras de Managua, casona que se la había entregado el gobierno sandinista y pertenencia, como ustedes habrán intuido, a algún somocista que cuando llegó la revolución debió escapar de Managua con lo puesto. Durante dos días con Raúl y Elena hicimos todos los mandados: compramos la carne y las achuras, el carbón y las ensaladas que, no sé por qué destino manifiesto las preparan las mujeres, sean de izquierda o de derecha; conseguimos a través de un cubano, siempre dispuesto a trabajar de zurda, vino mendocino a precio regalado, un obsequio de los dioses porque en Managua los únicos que se permitían tomar vino, atendiendo el precio que tenía, eran algunos comandantes de la revolución.</p><p>&nbsp;</p>IV<p>Yo en esa temporada estaba agregado en la casa de Mónica, una flaca rosarina, psicoanalista, de izquierda por supuesto, y que me bancaba en todas. Éramos amigos, amantes, compinches. Yo entonces salía todas las noches y regresaba a mi hogar adoptivo a la madrugada, a veces fresco, a veces borracho. A Mónica, mis correrías nocturnas la divertían. Una madrugada, no sé qué pasó en un bodegón, pero hubo una trifulca donde repartimos y recibimos mamporros a granel. Yo terminé con un ojo en compota, la camisa sin botones, el pantalón roto, un zapato menos y una oreja abollada. Mónica se moría de risa mientras trataba de arreglarme el ojo, la oreja y la rodilla lastimada. "Sos como los gatos…salís de noche y regresás todo magullado".</p>V<p>El asado de esa noche fue el más rico que he comido y comeré en ese año nuevo y en los próximos años nuevos de mi vida. Linda la noche, linda la carne, lindo el vino y lindas las mujeres. Yo, con otro amigo, fuimos los asadores después de participar de las exasperantes polémicas con los que opinan cómo debe hacerse el fuego o cómo debe salarse la carne. Hubo guitarras y payadas con baile animado por la música tropical. Tres amigas suecas que estaban más lindas que Ursula Andrews y nos hablaban de la revolución como si el tema les importara, se desnudaron en el borde de la pileta, ensayaron algunos pasos de baile, aunque, a decir verdad, nosotros en lo que menos estábamos interesados era en sus pasos de baile, y después se tomaron de las manos y lanzaron la consigna de guerra del sandinismo de esos años: "Todo para los frentes de guerra, todos para los combatientes". Y se tiraron desnudas a la pileta. No sé a quién le fastidió que se tomara en joda una consigna política seria; no sé quién fue, pero lo seguro es que nadie le llevó el apunte.</p><p>&nbsp;</p>VI<p>La reunión duró hasta la madrugada y concluyó con un curioso culebrón digno de Alberto Migré. Silvia, una cordobesa de reconocida militancia de izquierda, empezó a llorar como una Magdalena. Estaba apoyada en un árbol y lloraba mientras siete u ocho mujeres, todas del palo sandinista, intentaban consolarla. Silvia se había separado de Alberto hacía unos meses y Alberto ahora estaba en la fiesta con una mulata cubana. "Ese Alberto siempre fue un hijo de puta", me decía una argentina de armas llevar, solidaria con su amiga abandonada. Me sorprendió la situación. Los que estábamos en esa fiesta no éramos santitos, pero la escena me hacía recordar un lejano cumpleaños de quince al que asistí en mi pueblo, cuando la hermana de la cumpleañera empezó a llorar en el patio porque su noviecito había llegado acompañado. Lloraba y sus amigas, las chicas de las familias más distinguidas del pueblo le enjugaban las lágrimas y la consolaban con el mismo afán solidario que las temibles guerrilleras sandinistas de esa noche de fin de año de 1983.</p>VII<p>Así esperamos el año 1984 en Managua, en la casa expropiada a un coronel somocista y comiendo un asado argentino regado con buen vino. Más allá de la escena de Alberto Migré, la fiesta fue alegre. Raúl y yo fuimos de los últimos en irnos, casi cuando salía el sol. No sé qué fue de Raúl, pero yo me fui en el auto de Hebe, la dueña de "La Yerba Buena" y que me llevaba fácil unos veinte años. "Locuras juveniles la falta de consejos", como dice el tango, Llegamos a la casa de Hebe y pasó lo que suele pasar cuando un hombre y una mujer se van a la cama. Pasó lo que debía pasar, pero además pasó algo más. Como a las diez u once de la mañana, alguien entra a la casa. Se oyen voces de hombres y espío a través de la puerta. Tres o cuatro tipos uniformados están conversando en el living. Hablan mientras las armas descansan al costado. Y la escucho a Hebe que dice que me escape lo más rápido posible por la ventana, porque el que acaba de llegar es su hijo, oficial del ejército sandinista y, por lo que me da a entender, al muchacho no le caería bien enterarse de que un argentino está acostado en la cama de su madre, a la que seguramente perdonaría, porque se supone que un hijo siempre perdona a su madre, pero la misma suerte no me estaría asignada a mí. Tampoco hice demasiadas preguntas: salí con lo puesto, me olvidé un encendedor y un paquete de cigarrillos, pero esas eran pérdidas menores comparado con lo que perdería si el hijo me encontraba pernoctando en ese dormitorio sagrado. Salí como pude, porque a los treinta años, y en esas emergencias, uno es lo más parecido que hay a un gato. Salí a un parque, salté una tapia que en circunstancias normales jamás hubiera podido saltar, y me encontré en la calle de un barrio bacán de Managua; una calle desierta y con ese silencio lúgubre que sucede a los días de fiesta. Empecé a caminar en dirección no sé a dónde, mientras me repetía que mi temporada en Managua estaba llegando a su fin. En estas precarias condiciones inicié el primer día del año 1984.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/DZUKjEaxf5IRDgQNJ8iO_zKo6Kc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2025/01/managua.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Empecé a caminar en dirección no sé a dónde, mientras me repetía que mi temporada en Managua estaba llegando a su fin...]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2025-01-01T23:41:24+00:00</updated>
                <published>2025-01-01T23:40:51+00:00</published>
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            Beagle: a 40 años años del tratado que evitó la guerra entre Argentina y Chile
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                <![CDATA[Redacción Sur24]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jvXpkwpqcTAB99iSmRehgsAPq-s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2024/11/tratado_beagle.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Iván Ambroggio (*)</p><p>La tercera frontera más extensa del planeta es compartida por dos países sudamericanos: Argentina y Chile. Debido a esto se han observado durante mucho tiempo como invasores, o al menos, ambos desconfiaron de los deseos expansionistas de su vecino. Uno de los conflictos limítrofes que mayor repercusión y tensión generó entre los países trasandinos fue el mantenido por el canal de Beagle. Debido a la falta de entendimiento, las partes recurrieron al arbitraje de la Corona británica. En 1977 el Foreign Office británico dio a conocer a los representantes de Chile y Argentina, el laudo arbitral. Éste adjudicaba las islas Lennox, Picton y Nueva a Chile. El gobierno de este país expresó que fiel a su respeto a los tratados internacionales, cumpliría fielmente el fallo.</p><p>Antonio Samoré (1905-1983), el cardenal italiano que ofició de representante papal en la mediación del litigio territorial denominado Conflicto del Beagle. Su intervención frenó la escalada bélica en 1978.</p><p>El gobierno de facto argentino, por su parte, consideró que lejos de ser un fallo jurídico, se trataba de un fallo netamente político, debido a la fluida relación entre el Reino Unido y Chile, y en mayo de 1978 declaró nulo el laudo británico. La intensidad del conflicto se incrementó. Las negociaciones civilizadas parecía que en cualquier momento cederían su lugar al enfrentamiento bélico. Por suerte, pese a las dificultades, algunas personas en ambos costados de los Andes seguían buscando una salida pacífica. La búsqueda de un nuevo mediador no sería tarea sencilla. No abundaban terceros que reunieran, a los ojos de las partes en conflicto, la condición de neutral. Luego de una compleja búsqueda, los antagonistas hallaron uno. La Santa Sede fue el actor escogido, de común acuerdo, para someter el litigio.</p><p>A esa altura, el grado de tensión lograba alterar el ritmo cardíaco de cualquier gurú en inteligencia emocional. Ambos países –gobernados por dictaduras militares– habían movilizado sus fuerzas a lo largo de la frontera, es decir, tanto al este como al oeste de la cordillera se respiraban aires castrenses. En ese contexto, Karol Józef Wojtyla, más conocido como Juan Pablo II, aceptó la misión y pronto se convertiría en el papa artífice de un entendimiento entre países sudamericanos.</p><p>El cardenal Antonio Samoré fue designado representante papal para intentar dirimir pacíficamente el pleito limítrofe. La mediación papal impidió que una de las cadenas montañosas más bellas del mundo se convirtiera en teatro de operaciones y testigo de una guerra entre vecinos. En vísperas de la Navidad de 1978, el cardenal Samoré enunció la inmortalizada frase: "Veo una lucecita de esperanza al final del túnel". A partir de ese momento, las negociaciones por la paz se encaminaron y concluyeron felizmente con la propuesta de paz y amistad presentada por el Papa Juan Pablo II en diciembre de 1980, aceptada por ambos Estados.</p><p>En 1984, ya siendo Raúl Alfonsín el presidente de la República Argentina, las partes intercambiaron los documentos de ratificación del Tratado de Paz y Amistad ante el Secretario del Estado de la Ciudad del Vaticano, Agostino Casaroli, y pusieron fin a un problema interestatal que despertó temor y ansiedad en ambos pueblos. Lamentablemente, el cardenal Samoré no pudo presenciar la concreción del tratado. Falleció antes de su firma, en 1983, en Roma. En su honor se rebautizó el segundo paso en importancia entre la Argentina y Chile como Paso Internacional Cardenal Samoré (ex Paso Puyehue).</p><p>La nueva delimitación territorial en nada alteró el laudo de la Corona británica que la Argentina había declarado nulo años antes. Ese fue el fin de una controversia polémica y vital para las actuales relaciones de vecindad que hoy mantienen la Argentina y Chile. Es digno de destacar la figura del papa Juan Pablo II en aquel enmarañado escenario, centrado en reivindicaciones territoriales. He aquí las cualidades de un líder que no necesitó hacer uso de la fuerza para imponer su voluntad.</p><p>El respeto, el reconocimiento y la confianza que inspiró su figura en ambos Estados sudamericanos, no sólo impidió el derramamiento de sangre entre vecinos, sino que, además, constituyó el pilar de los presentes aires de distensión que hoy se respiran en las relaciones bilaterales argentino-chilenas, tan necesarios -por cierto- para una era caracterizada por la interacción de bloques regionales y la importancia geopolítica del Océano Pacífico en el comercio internacional.</p><p>En el campo de la Defensa, el acercamiento se potenció con la implementación de medidas de fomento de la confianza por parte de ambos países. Estas medidas contemplan el aviso de un país a otro, previo a cualquier maniobra o ejercicio militar en la frontera, para evitar que sea percibido como un intento de agresión o invasión. En diciembre de 1998, el presidente Carlos Menem de Argentina y su colega de Chile, Eduardo Frei: durante una ceremonia que se llevó a cabo en el Salón Blanco de la Casa Rosada, superaron el último de los veinticuatro diferendos que aún existían entre ambos Estados, suscribiendo el entendimiento que precisa el recorrido del límite desde el Monte Fitz Roy hasta el Cerro Daudet.</p><p>El martes 26 de noviembre, cuatro décadas después del Tratado de Paz y Amistad, en el Vaticano se llevó a cabo un acto en conmemoración de aquel acuerdo que evitó un conflicto armado por la disputa del Canal de Beagle. En el evento el papa Francisco deseó que ese acuerdo histórico sea visto como "un modelo a imitar" ante los conflictos internacionales vigentes. Francisco no hizo ninguna mención a la ausencia del canciller de Argentina, Gerardo Werthein, quien explicó que la misma tenía que ver con algo que ocurrió durante la cumbre de líderes del G20, en la que hubo un desencuentro con representantes de Chile.</p><p>En otro pasaje de su discurso, Su Santidad recordó que cuando se cumplió el vigésimo quinto aniversario se realizó en el Vaticano un acto realzado por la presencia de las presidentas de Argentina, la señora Cristina Fernández Kirchner, y de Chile, Michelle Bachelet. No es un dato menor, que tanto Sebastián Piñera como Gabriel Boric (ex y actual presidentes de Chile, respectivamente), reafirmaran el respaldo de Chile a los legítimos derechos de soberanía de la Argentina sobre las Islas Malvinas.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Analista internacional especializado en la Universidad Nacional de Defensa de Washington, docente universitario y consultor. Es autor, entre otros trabajos, de "Postales del Siglo 21" y "Malvinas: un pretexto para legitimar a un gobierno totalitario".</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jvXpkwpqcTAB99iSmRehgsAPq-s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://sur24cdn.eleco.com.ar/media/2024/11/tratado_beagle.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>El acuerdo, llamado oficialmente "Tratado de Paz y Amistad", finalizó el conflicto bilateral que llevó a ambos países al borde del enfrentamiento armado en diciembre de 1978. Su firma determinó "la solución completa y definitiva de las cuestiones a que en él se refieren", es decir la fijación del límite entre las naciones involucradas, desde el canal de Beagle hasta el pasaje de Drake, al sur del cabo de Hornos.]]>
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                <updated>2026-03-18T16:15:30+00:00</updated>
                <published>2024-11-27T16:29:42+00:00</published>
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